Hemos recibido el trabajo que publicamos a continuación, su contenido está escrito en tercera persona, en el mismo queda explícitamente demostrado que todas las personas estamos dotadas de sentimientos, los cuales nos van caracterizando con mas singularidad o menos, dependiendo de los estímulos dominantes que dichos sentimientos nos van generando durante toda nuestra existencia.
El protagonista del relato así lo demuestra, se titula:
CUANDO SE TIENE TIEMPO ACUMULADO
Apenas era un
adolescente, uno de los rasgos peculiares de su personalidad era aquella
admiración por todo lo concerniente con la milicia, la “benemerita” no se
escapaba de esa querencia natural, era el colectivo al que sus posibilidades le permitían observar,
siempre solía pasar algunos días conviviendo con sus abuelos, “Paquillo” el
abuelo era ferroviario de profesión, hecho proclive para establecer relaciones
amistosas con muchos guardias civiles, en la época, las décadas de los
cincuenta y sesenta, algunos de los
servicios de la G.C. estaban centrados en el trafico ferroviario, tanto de
mercancías como de personas.
Cabo montado y equipado con el material y armamento ordinario, prestando
el servicio correspondiente.
En la plaza del
barrio, en los bajos de uno de los edificios laterales estaban ubicadas las
dependencias del desaparecido “Auxilio Social”, la visión habitual era la fila
de personas que acudían a recibir los alimentos básicos que les permitían ir sobreviviendo,
en el local de al lado estaban los establos para la guarda, descanso y pupilaje
de los caballos que utilizaba la Guardia Civil en los servicios de campo,
también llamados coloquialmente “correrías” o en cualquier otro que fuese
preciso utilizar ese medio equino, todo aquel trajín de entradas y salidas de las “parejas” montadas,
el pupilaje, herraje, la reparación y limpieza de los diferentes arreos, las
“tercerolas” al lado de la silla de montar, todos aquellos movimientos el chaval
los podía contemplar en primera fila y cuando alguno de los guardias le
conocía, siempre era la misma invitación diciéndole “eres el nieto de "Paquillo",
pasa, pasa, no te quedes ahí”, uno de los que el abuelo tenia mas confianza era
el “malagueño”, el jovencito siempre preguntaba por él, era propietario de un
perro de raza pequeña muy inteligente al que llamaba “Lealico”, cuando la perra
del abuelo, la “Chita”, de raza pequinesa entraba en el periodo fértil,
aparecía el pertinaz “Lealico” haciendo guardia ante la puerta de la vivienda, dispuesto
a “dejar” constancia de su estirpe, acto que físicamente era imposible realizar
por la diferencia de tamaño entre los dos canes, pero “Lealico” estaba
sugestionado por el efecto que le producían los efluvios que emitía la “Chita”,
le tenían esclavizado montando plantones hasta que pasaban aquellos días y
conste que vivía en una casa de campo a casi un kilometro de distancia, son
cosas de la naturaleza.
En otra de las
calles del barrio otro guardia tenía su domicilio, conocido y saludado por el abuelo, un
hombre fibroso, de estatura alta, cuando saludaba con aquel porte militar el
rapaz se quedaba impresionado por la pulcritud en la uniformidad y en su físico, el tricornio reluciente
encajado en la frente en el limite de las cejas, igual como los toreros cuando
se colocan la montera dejándola de la misma forma, el barboquejo descansando en
la comisura entre la barbilla y el labio inferior, usaba un bigotillo recortado
a la perfección de color rubio o pelirrojo lo necesariamente ancho para ocupar
la parte central a lo largo de su labio superior, estos rasgos se acompañaban
de una dentadura poblada de piezas de oro que en aquellos años era habitual, relucían
con brillo propio cuando esbozaba la media sonrisa del saludo, su uniforme muy bien
planchado, con los corchetes bien ajustados, el alzacuellos de un blanco
impoluto, los “rombos” bien cosidos en las solapas, así como el galón rojo en
cada manga distintivo del guardia de primera, resaltaban desde el vértice en los
codos hasta las bocamangas, los botones relucientes, el correaje de diario de
color negro, por el brillo que tenia parecía acharolado como la prenda de
cabeza, las hebillas de las trinchas y la del cinto doradas, tenían la apariencia de estar bruñidas
por los destellos que salían al darles el reflejo de la luz del sol, en la
cintura al lado derecho la funda protegía la “Astra” del “9 largo” “el puro”, la
raya del pantalón bien marcada terminaba rematada con los botines de servicio,
no eran de charol pero lo aparentaban, en la mano izquierda, cuidadosamente
doblados los guantes, era como un “cromo de colección”, no se escapaba ni un
detalle de la capacidad de observación del adolescente, quedando momentáneamente
absorto, era así, no lo podía remediar, ni lo intentaba.

Pasaron los años
inexorablemente, como el papel lo aguanta todo, dando un salto de casi medio
siglo, la vida profesional y personal de aquel adolescente convertido en
adulto, se llenó y se enriqueció de experiencias, sin entrar a valorarlas, solo
remarcar que ninguna de ellas había tenido la capacidad de generar tanta
emotividad con la intensidad que le producían los integrantes de cualquier
cuerpo militar durante la adolescencia y juventud vividas en la ciudad que le
vio nacer y crecer.
GUARDIA CIVIL
JURA de BANDERA
de la
LA PROMOCION –
EBRO
TORTOSA, 5 de
abril de 1968
No se permite ningún
tipo de displicencia, si aparece se deshace de ella, sigue fiel a sus
pensamientos y consecuente con sus frustraciones que con tal calificativo
encasilla todos sus anhelos, hechos o acciones que hubiesen podido ser pero
infelizmente no se realizaron.
Sigue alimentando la
debilidad por todo lo que tenga la esencia, la plástica, el color, el tufillo,
la disciplina, la uniformidad, la marcialidad, las músicas, las bandas, el
armamento, los credos, las canciones y en definitiva el conjunto de elementos y
cualidades que conforman la milicia, consigue vivirlas en su interior y además
cuando las circunstancias lo permiten no renuncia a exteriorizar sus apetencias
con cierta vehemencia controlada.
Actualmente en el
segundo año del cuarto lustro del siglo XXI, forma parte de la centuria de los sexagenarios,
lo cual le da esa impregnación de serenidad, contempla todo lo que le rodea con
una actitud mas realista y a la vez nostálgica, según en que momentos y para que asuntos, respetando en todo momento
los criterios de quien le este acompañando, se sustenta de la pensión de
jubilación, concedida a cambio de cotizar durante los cuarenta y cinco años que
permaneció prestando sus servicios.
Le sigue embargando
la emoción y el vello se le eriza presenciando cualquier desfile de la milicia,
solo que ahora la diferencia aparece sensiblemente inundando sus ojos de
lagrimas y se le entrecorta la voz en la garganta por el torrente de
sensaciones que se le acumulan.
Seguramente se puede afirmar que en su pensamiento y su
corazón sigue recordando y conservando aquellas vivencias ya lejanas, por
efecto de la naturaleza o simplemente debe acontecer “cuando se tiene tiempo acumulado”.










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