lunes, 13 de marzo de 2017

PASION por LA GUARDIA CIVIL

Hemos recibido el trabajo que publicamos a continuación, su contenido está escrito en tercera persona, en el mismo queda explícitamente demostrado que todas las personas estamos dotadas de sentimientos, los cuales nos van caracterizando con mas singularidad o menos, dependiendo de los estímulos dominantes que dichos sentimientos nos van generando durante toda nuestra existencia.
 
El protagonista del relato así lo demuestra, se titula:
 
CUANDO SE TIENE TIEMPO ACUMULADO
 
 
Apenas era un adolescente, uno de los rasgos peculiares de su personalidad era aquella admiración por todo lo concerniente con la milicia, la “benemerita” no se escapaba de esa querencia natural, era el colectivo  al que sus posibilidades le permitían observar, siempre solía pasar algunos días conviviendo con sus abuelos, “Paquillo” el abuelo era ferroviario de profesión, hecho proclive para establecer relaciones amistosas con muchos guardias civiles, en la época, las décadas de los cincuenta y sesenta,  algunos de los servicios de la G.C. estaban centrados en el trafico ferroviario, tanto de mercancías como de personas.
 
 

Cabo montado y equipado con el material y armamento ordinario, prestando el servicio correspondiente.
En la plaza del barrio, en los bajos de uno de los edificios laterales estaban ubicadas las dependencias del desaparecido “Auxilio Social”, la visión habitual era la fila de personas que acudían a recibir los alimentos básicos que les permitían ir sobreviviendo, en el local de al lado estaban los establos para la guarda, descanso y pupilaje de los caballos que utilizaba la Guardia Civil en los servicios de campo, también llamados coloquialmente “correrías” o en cualquier otro que fuese preciso utilizar ese medio equino, todo aquel trajín de  entradas y salidas de las “parejas” montadas, el pupilaje, herraje, la reparación y limpieza de los diferentes arreos, las “tercerolas” al lado de la silla de montar, todos aquellos movimientos el chaval los podía contemplar en primera fila y cuando alguno de los guardias le conocía, siempre era la misma invitación diciéndole “eres el nieto de "Paquillo", pasa, pasa, no te quedes ahí”, uno de los que el abuelo tenia mas confianza era el “malagueño”, el jovencito siempre preguntaba por él, era propietario de un perro de raza pequeña muy inteligente al que llamaba “Lealico”, cuando la perra del abuelo, la “Chita”, de raza pequinesa entraba en el periodo fértil, aparecía el pertinaz “Lealico” haciendo guardia ante la puerta de la vivienda, dispuesto a “dejar” constancia de su estirpe, acto que físicamente era imposible realizar por la diferencia de tamaño entre los dos canes, pero “Lealico” estaba sugestionado por el efecto que le producían los efluvios que emitía la “Chita”, le tenían esclavizado montando plantones hasta que pasaban aquellos días y conste que vivía en una casa de campo a casi un kilometro de distancia, son cosas de la naturaleza.
En otra de las calles del barrio otro guardia tenía su domicilio, conocido y saludado por el abuelo, un hombre fibroso, de estatura alta, cuando saludaba con aquel porte militar el rapaz se quedaba impresionado por la pulcritud en la uniformidad  y en su físico, el tricornio reluciente encajado en la frente en el limite de las cejas, igual como los toreros cuando se colocan la montera dejándola de la misma forma, el barboquejo descansando en la comisura entre la barbilla y el labio inferior, usaba un bigotillo recortado a la perfección de color rubio o pelirrojo lo necesariamente ancho para ocupar la parte central a lo largo de su labio superior, estos rasgos se acompañaban de una dentadura poblada de piezas de oro que en aquellos años era habitual, relucían con brillo propio cuando esbozaba la media sonrisa del saludo, su uniforme muy bien planchado, con los corchetes bien ajustados, el alzacuellos de un blanco impoluto, los “rombos” bien cosidos en las solapas, así como el galón rojo en cada manga distintivo del guardia de primera, resaltaban desde el vértice en los codos hasta las bocamangas, los botones relucientes, el correaje de diario de color negro, por el brillo que tenia parecía acharolado como la prenda de cabeza, las hebillas de las trinchas y la del cinto doradas, tenían la apariencia de estar bruñidas por los destellos que salían al darles el reflejo de la luz del sol, en la cintura al lado derecho la funda protegía la “Astra” del “9 largo” “el puro”, la raya del pantalón bien marcada terminaba rematada con los botines de servicio, no eran de charol pero lo aparentaban, en la mano izquierda, cuidadosamente doblados los guantes, era como un “cromo de colección”, no se escapaba ni un detalle de la capacidad de observación del adolescente, quedando momentáneamente absorto, era así, no lo podía remediar, ni lo intentaba.
 
Pasaron los años inexorablemente, como el papel lo aguanta todo, dando un salto de casi medio siglo, la vida profesional y personal de aquel adolescente convertido en adulto, se llenó y se enriqueció de experiencias, sin entrar a valorarlas, solo remarcar que ninguna de ellas había tenido la capacidad de generar tanta emotividad con la intensidad que le producían los integrantes de cualquier cuerpo militar durante la adolescencia y juventud vividas en la ciudad que le vio nacer y crecer.
GUARDIA CIVIL
JURA de BANDERA
de la
LA PROMOCION – EBRO
TORTOSA, 5 de abril de  1968
 

 
 
 




 
 
 


No se permite ningún tipo de displicencia, si aparece se deshace de ella, sigue fiel a sus pensamientos y consecuente con sus frustraciones que con tal calificativo encasilla todos sus anhelos, hechos o acciones que hubiesen podido ser pero infelizmente no se realizaron.
Sigue alimentando la debilidad por todo lo que tenga la esencia, la plástica, el color, el tufillo, la disciplina, la uniformidad, la marcialidad, las músicas, las bandas, el armamento, los credos, las canciones y en definitiva el conjunto de elementos y cualidades que conforman la milicia, consigue vivirlas en su interior y además cuando las circunstancias lo permiten no renuncia a exteriorizar sus apetencias con cierta vehemencia controlada.
Actualmente en el segundo año del cuarto lustro del siglo XXI, forma parte de la centuria de los sexagenarios, lo cual le da esa impregnación de serenidad, contempla todo lo que le rodea con una actitud mas realista y a la vez nostálgica, según en que momentos y  para que asuntos, respetando en todo momento los criterios de quien le este acompañando, se sustenta de la pensión de jubilación, concedida a cambio de cotizar durante los cuarenta y cinco años que permaneció prestando sus servicios.
Le sigue embargando la emoción y el vello se le eriza presenciando cualquier desfile de la milicia, solo que ahora la diferencia aparece sensiblemente inundando sus ojos de lagrimas y se le entrecorta la voz en la garganta por el torrente de sensaciones que se le acumulan.
Seguramente  se puede afirmar que en su pensamiento y su corazón sigue recordando y conservando aquellas vivencias ya lejanas, por efecto de la naturaleza o simplemente debe acontecer “cuando se tiene tiempo acumulado”.
 
 
Jorge PORRES SANCHEZ


 

 
 

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